De Todo Un Poco

miércoles, 1 de enero de 2020

El rechazo es la herida emocional más profunda


Hay heridas que no se ven pero que pueden arraigarse profundamente en nuestra alma y convivir con nosotros el resto de nuestros días. Son las heridas emocionales, las huellas de los problemas vividos en la infancia y que determinan en ocasiones como será nuestra calidad de vida cuando seamos adultos.

Una de las heridas emocionales más profundas es la del rechazo porque quien la padece se siente rechazado en su interior, interpretando todo lo que sucede a su alrededor a través del filtro de su herida, sintiéndose rechazado en ocasiones aunque no lo sea.

Veamos con más detalle en qué consiste esta herida.

Origen de la herida emocional del rechazo

Rechazar significa resistir, despreciar o denegar, lo que podemos traducir en «no querer» a algo o alguien. Esta herida nace del rechazo de los padres hacia su hijo o en ocasiones, del sentirse rechazado por los progenitores, sin haber intención por parte de estos.

Ante las primeras vivencias de rechazo se comenzará a crear una máscara para protegerse de este sentimiento tan desgarrador que va ligado a la infravaloración de uno mismo y que se caracteriza por una personalidad huidiza según las investigaciones llevadas a cabo por Lise Bourbeau. Así la primera reacción de la persona que se siente rechazada será huir, por lo que no es raro que siendo niños se inventen un mundo imaginario.

El rechazo que el niño puede sentir por parte de sus progenitores puede desencadenar consecuencias internas y externas a largo plazo. Gracia, Lila y Musitu (2005) destacan entre los comportamientos internalizados: pasividad, apatía, retraimiento social, sentimientos depresivos, conductas autodestructivas, alteraciones nerviosas y problemas somáticos. Entre los comportamientos externalizados encontramos impulsividad, hiperactividad, desobediencia, conducta destructiva, falta de autocontrol y comportamiento violento.

En los casos de sobreprotección, más allá de la faceta superficial enmascarada de amor, el niño se percibirá como rechazado pues no es aceptado como es. El mensaje que le llega es que sus capacidades no son válidas y por eso tienen que protegerlo.

Cómo es la persona que tiene la herida del rechazo

A partir de las heridas emocionales sufridas en la infancia se conforma una parte de nuestra personalidad. Por ello, la persona que padece la herida del rechazo se caracteriza por infravalorarse y buscar la perfección a toda costa. Esta situación la llevará a una búsqueda constante del reconocimiento de los otros que le costará saciar.
Según Lisa Bourbeau, será con el progenitor del mismo sexo con el que más presente se hará esta herida y ante el que la búsqueda de amor y reconocimiento será más intensa, siendo muy sensible a cualquier comentario que proceda

Las palabras «nada», «inexistente» o «desaparecer» formarán parte su vocabulario habitual, confirmando la creencia y sensación del rechazo que tiene tan impregnada. De este modo, es normal que prefiera la soledad porque si recibe mucha atención habrá más posibilidades de ser despreciada. Si tiene que compartir experiencias con más gente, intentará pasar de puntillas, bajo el caparazón que se construye, apenas sin hablar y si lo hace, tan solo será para infundirse valor a si mis.ma




Además, vive en una ambivalencia constante porque cuando es elegida no se lo cree y se rechaza a sí misma e incluso llega a sabotear la situación y cuando no lo es, se siente rechazada por los demás. Con el paso del tiempo, la persona que padece la herida del rechazo y no la sana, puede volverse rencorosa y llegar al odio, fruto del intenso sufrimiento vivido.
A mayor profundidad de la herida del rechazo, mayor probabilidad hay de ser rechazada o rechazar a los demás.

Sanar la herida emocional de rechazo


El origen de cualquier herida emocional proviene de la incapacidad de perdonar aquello que nos hacemos o nos hacen los demás.

Cuanto más profunda sea la herida del rechazo, mayor será el rechazo hacia si mismo o hacia los demás, el cual puede ocultarse tras la vergüenza. Además, habrá mayor tendencia a la huida, pero esta tan solo es una máscara para protegerse del sufrimiento generado por esta herida.

La herida del rechazo se sana prestando especial atención a la autoestima, comenzando a valorarse y reconocerse por si mismo sin necesitar la aprobación de los demás. Para ello:

Un paso fundamental es aceptar la herida como parte de uno mismo para poder liberar todos los sentimientos atrapados. Si negamos la presencia de nuestro sufrimiento no podremos trabajar para sanarlo.
Una vez aceptada, el siguiente paso sería perdonar para liberarse del pasado. En primer lugar a nosotros mismos por el trato que nos damos y en segundo lugar a los demás, porque las personas que nos han herido probablemente también padezcan algún profundo dolor o una experiencia hiriente.
Comenzar a cuidarse con amor y priorizarse. Prestarnos atención y darnos el amor y el valor que merecemos es una necesidad emocional imprescindible para seguir creciendo.




No podemos llenar el infinito
Algunas perspectivas aseguran que nuestra auténtica naturaleza es infinita y haciendo un paralelismo con esta creencia observaremos que hasta que no sanemos la herida, nada nos hará felices. El rechazo se convertirá en un agujero negro que poco a poco irá engullendo y destruyendo todo aquello externo que nos haga felices. Cuando nos hagan un cumplido lo rechazaremos, e incluso, nos podrá sentar mal. Cuando alguien quiera pasar tiempo con nosotros pensaremos que lo hacen porque no tienen otra cosa mejor que hacer.

El sentimiento de rechazo equivaldría al infinito, y todo lo que sea externo sólo lo llenará temporalmente, por eso, lo más importante es comenzar desde dentro. Se trata de un trabajo interior que debemos empezar cuanto antes, porque al fin y al cabo, esta sensación de rechazo no es más que nuestra forma de ver la vida. Y si comenzamos a cambiar nuestro enfoque y nuestra visión de la realidad, comenzamos a experimentar una vida completamente diferente.

Aunque no podemos borrar el sufrimiento vivido en el pasado, siempre podemos aliviar nuestras heridas y ayudar a que cicatricen para que su dolor desaparezca o al menos se alivie. Porque de acuerdo con lo que dijo Nelson Mandela de alguna manera somos capitanes de nuestra alma.


domingo, 29 de diciembre de 2019

señales que indican que estás a gusto contigo mismo


Sentirte a gusto contigo mismo es la base para construir una vida llena de salud y bienestar. Este tipo de personas proyectan, ante todo, seguridad, optimismo, confianza y credibilidad. ¿Es uno de ellos o quieres aprender cómo conseguirlo? Entonces te recomendamos leer este artículo

Sentirte a gusto contigo mismo supone saber decir lo que piensas y hacer lo que te gusta, creer en ti mismo y no preocuparte por la opinión de los demás. Para sentirte a gusto contigo mismo hay que recorrer un largo camino, vencer muchos obstáculos y dedicarte muchas horas de trabajo.
¿Te gustaría saber qué hacer para sentirte cómodo contigo mismo? Conocer lo que hacen las personas que están seguras de sí mismas te ayudará a encontrar el camino.
Si no estás a gusto contigo mismo, es muy probable que los demás te rechacen y que proyectes en ellos aquello que te disgusta de ti.actica esta forma de ser y hacer y encontrarás tu propio camino.

Cuando te sientes a gusto contigo mismo

Estos son los comportamientos más notables que diferencian a las personas que confían en sí mismas de las que no. Si es tu caso, si te sientes a gusto contigo mismo, entonces te sentirás plenamente identificado y reflejado en todos y cada uno de estos comportamientos.

1. Son amables con los demás

Una persona que es amable y bondadosa con los demás es una persona que se siente bien consigo misma. Si te sientes bien y seguro de ti miras a los demás con amabilidad y bondad, disfrutas de su compañía, valoras sus cosas buenas. Si te sientes bien contigo mismo intentas que los demás se sientan bien con ellos mismos también, inten« Ya sea que creas poder o no poder; en ambos casos tendrás razón».tas transmitirle tu energía y crear un ambiente agradable.
2. No reclaman la atención sobre sí mismos

Las personas seguras de sí mismas no necesitan reclamar la atención de otros para sentirse importantes o validados. Tampoco necesitan justificarse delante la gente para conseguir su aplauso o aprobación, ni hacerse notar para que se vea que ellos también son importantes. Si te sientes a gusto contigo mismo no necesitas impresionar a nadie. Te basta con saber que has conseguido lo que buscabas, que estás en un camino coherente en el que importan tus valores y tus sueños.

3. No tienen miedo a ser líderes

El liderazgo puede ser algo aterrador. Sin embargo, las personas que se sienten seguras de sí mismas no tienen miedo a asumir el liderazgo porque confían en sus valores, en sus criterios, en su capacidad y en saber hacer. Solo si te sientes seguro de ti mismo podrás creer en las habilidades y capacidades de los demás. Solo así podrás tener el valor de caminar con quienes te sigan, de ofrecer un objetivo y plan por el que merezca la pena esforzarse.
«El valor es estimado con razón la primera de las cualidades humanas: porque es la cualidad que garantiza a todas los demás».
4. No buscan ni piden la aprobación de los demás

Las personas que confían en sí mismas no buscan ni necesitan la aprobación de otros. Cuando una persona pide y busca aprobación en otros muestra su necesidad por agradar. Las personas que confían en sí mismas tienen claro que su objetivo es ser ellos mismos, ser coherentes y buscar su propio camino a la felicidad.

5. No tienen miedo de reclamar lo que se merecen

Aquellos que creen en sí mismos hacen todo lo que pueden hacer para conseguir lo que quieren. Una gran parte de este proceso supone tener el coraje de preguntar por lo que creen que se merecen. Las personas confiadas son menos sensibles hacia el rechazo porque saben que es algo posible y que deben aprender a lidiar con esa posibilidad. Saben que si no te arriesgas no consigues nada. Cuentan con que el “no” ya lo tienen, por lo que no tienen nada que perder y sí mucho que ganar.

6. No temen a la competencia

Quien se siente a gusto contigo mismo no teme a la competencia, porque confía en sus propias habilidades, en su propio valor y en el plan que ha trazado. Estas personas, en general, saben que tienen que dar lo mejor de sí mismos y que eso solo depende de ellos. Tampoco hablan mal de los otros, aunque amenacen con ponerse en su camino, porque saben que desprestigiar o molestar al otro no les hace mejores, son más viles y más inseguros.

7. Toleran diferentes opiniones

Solo las personas que no están seguras de sus pensamientos y creencias son las que no toleran que haya diferentes opiniones. Las personas que están seguras de sí mismas disfrutan en una conversación donde hay diversas formas de pensar, porque son capaces de defender sus creencias. Si te sientes cómodo contigo mismo eres capaz de respetarte y de no sentirte ofendido por las creencias u opiniones de los demás, y eres capaz de defenderte sin que tiemblen tus cimientos.
«Aléjate de las luces deslumbrantes de la incredulidad y podrás apreciar tus sueños que habitan en la profundidad de las estrellas».
En conclusión, estar a gusto contigo mismo es la base para la salud y el bienestar psicológico. Son los cimientos de la autoestima, así como nuestra motivación, aquella que se refleja a través de nuestras acciones. Estas personas, en todo caso, reflejan seguridad, dominio y equilibrio emocional.






viernes, 27 de diciembre de 2019

5 rasgos de las personas emocionalmente inmaduras


Las cuestiones de madurez e inmadurez tienen mucho de mito. Las personas no admiten que se les instale en una sola casilla, ni que se les adjudiquen una única etiqueta. Cada uno de nosotros es un crisol en el que se entremezclan distintas formas de conciencia. Somos ignorantes y sabios, niños y ancianos, infantiles y concienzudos. Todo al mismo tiempo, aunque dependiendo del momento alguna característica destaque más que el resto.

La inmadurez emocional podría definirse como una condición en la que las personas no han renunciado a los deseos o fantasías de la infancia. Deseos y fantasías que tienen que ver con que el mundo gire en torno a sí, o que la realidad se doblegue en función de lo que quieren. Así mismo, la madurez emocional podría definirse como un estado de fortaleza y templanza que conduce a actuaciones realistas y equilibradas.

“Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos”


Más que por una definición en abstracto, la madurez o inmadurez se muestra a través de rasgos de comportamiento. Enseguida te hacemos una lista de cinco características que son propias de las personas emocionalmente inmaduras.

1. Las personas que son egocéntricas


Buena parte del proceso de maduración en las personas consiste en entender que el mundo no gira alrededor de ellas. El bebé no lo sabe. Por eso, pide comida a las 2 de la mañana y le tiene sin cuidado si esto afecta el sueño de sus padres. A medida que crece, aprende a reconocer que no siempre se obtiene todo lo que se desea, y que otras personas y sus necesidades también habitan el universo.
Madurar implica salir de la cárcel del yo. Significa perder esa ilusión que rodea la vida del bebé: basta con pedir para que una necesidad o un deseo sea satisfecho. Cuando poco a poco vamos renunciando a esa fantasía, también nos vamos haciendo conscientes de una hermosa posibilidad: la aventura de explorar el universo de los demás. Si todo sale bien, aprendemos a preservar el yo y a alcanzar el tú.

2. Dificultad para asumir compromisos

Una señal inequívoca de inmadurez en las personas es la dificultad para asumir compromisos. Al niño le cuesta renunciar a lo que quiere en ese momento para conseguir un objetivo mayor a largo plazo. Si le damos una golosina y le prometemos que si no se la come durante un tiempo le daremos otra, el deseo de comerse la que tiene en la mano se impondrá.


Con el proceso de maduración se va comprendiendo que los sacrificios y las restricciones son necesarios para alcanzar logros. Y que comprometerse con un objetivo, o con una persona, no es una limitación de la libertad, sino una condición para proyectarse mejor y a más largo plazo.

3. Tendencia a culpar a los demás

Los niños se asumen a sí mismos como seres dirigidos por otros, que no actúan a voluntad. En gran medida lo son, en tanto están en un proceso de formación y de inserción en la cultura. Mientras son pequeños, creen que el error debe llevar a la culpa. No les importa tanto el daño que hicieron, sino el castigo o la sanción que puedan imponerles.
Crecer es salir de ese estado de dulce irresponsabilidad. Madurar es ir entendiendo que somos los únicos responsables de lo que hacemos o dejamos de hacer. Aprender a reconocer los errores y sacar de ellos nuevos aprendizajes. Saber reparar los daños. Saber pedir perdón.

4. Establecer lazos de dependencia


Para las personas inmaduras, los demás son un medio y no un fin en sí mismos. Así, como medios que son, en su óptica, los necesitan. No necesitan a los demás porque los quieren, sino que los quieren porque los necesitan. De ahí que suelan construir lazos en los que hay fuertes dependencias.
Para poder establecer vínculos basados en la libertad, se requiere que haya autonomía. Sin embargo, las personas inmaduras no tienen claro el concepto de autonomía. A veces piensan que hacer su voluntad es un comportamiento autónomo. Pero a la hora de asumir las consecuencias de los actos, necesitan de los demás para que amortigüen, oculten o aligeren la responsabilidad.

5. Irresponsabilidad en el manejo del dinero

La impulsividad es uno de los rasgos más salientes de las personas inmaduras. Una impulsividad que se expresa muchas veces en la forma que tienen de administrar sus recursos, como el dinero. Así, con el fin de satisfacer sus deseos, y satisfacerlos ya, no tienen problema en comprar lo que no necesitan con el dinero que no tienen.
A veces se embarcan en aventuras financieras descabelladas. No evalúan con objetividad las inversiones y les cuesta proyectarse a medio y largo plazo. Por eso es frecuente que vivan endeudados, todo por satisfacer caprichos.

Todos estos rasgos de inmadurez no surgen o se mantienen por decisión consciente de las personas. Casi siempre obedecen a vacíos o grietas durante la crianza. También pueden ser una consecuencia de experiencias desafortunadas que les han impedido evolucionar. Si eres así, o conoces a alguien así, no se trata de que le señales. En realidad lo importante es tomar conciencia de que impulsar tu propio crecimiento puede conducirte a una vida mejor.

El sufrimiento me ha enseñado quién soy

El sufrimiento me ha enseñado quién soy. Me ha dado a conocer partes de mí que antes no había visto o no había querido asumir. Siempre había pensado que ojalá en mi vida no hubiese ocurrido nada malo, pero me doy cuenta de que desear eso es querer algo imposible.
Todos hemos sufrido en mayor medida. Hemos pasado por diversas circunstancias que nos han marcado. Circunstancias que nos gustaría no haber vivido, pero hay que ser consciente de que eso es imposible. La vida no es de color de rosa para nadie, aunque para algunos, dentro de las mismas circunstancias, resulta más agradable que para otros. Esa es la clave.
En vez de centrarnos en tratar de vivir la vida sin sufrir, deberíamos aprender a vivir el sufrimiento de manera distinta. Aprender a utilizarlo para crecer y construirnos de nuevo y para ello, muchas veces, es necesario desarrollar diferentes habilidades en el espacio seguro de la terapia.
No se trata de evitar el sufrimiento sino de aprender a integrarlo en tu historia de vida como un capítulo más que te ha llevado exactamente a donde estás.
La terapia como espacio seguro

La terapia psicológica debe entenderse como un espacio seguro para todo aquel que acuda a ella. En terapia no se juzga, no hay verdades absolutas y todo lo que se dice permanece bajo secreto profesional. Este secreto solo puede romperse si el paciente va a hacerse daño a sí mismo, a otros o mediante orden judicial.
Además, la terapia es un lugar donde establecer una base segura que te de estabilidad, aunque tu vida haya sido difícil. Para ello, los psicólogos -junto al paciente/cliente- tratamos de construir una alianza terapéutica como un vínculo seguro en el que asentar la terapia.
Este vínculo único, si se establece bien, permite que se consolide un clima de confianza. Este clima facilita que todos los miedos y el sufrimiento que se esconde en ellos pueda ser tratado. Porque, antes de adquirir las habilidades de afrontamiento que permitan que demos el paso para tratar lo que provoca el sufrimiento, hay que tener la confianza suficiente para poder hablar de ello sin miedo.
Muchas veces no se trata de exponerse a los miedos, se trata de tener una base firme para poder caminar con ellos.

Poniendo nombre al sufrimiento

Poner nombre al sufrimiento no consiste en utilizar etiquetas diagnósticas. Muchas veces ni siquiera puede utilizarse una de estas etiquetas porque no hay correspondencia. A veces la causa de nuestro sufrimiento es tan única o tan mundana que no tiene un nombre y tenemos que ponérselo.
Ese nombre puede que solo tenga significado para aquel que se lo ponga y con eso basta. Puede ser mi lado oscuro, pueden ser nervios, puede ser la sombra o puede ser lo que quieras que sea. Es un nombre que va a ser utilizado en el espacio terapéutico para definir algo propio, y, por tanto, algo tan individual que, aunque tenga un nombre común tendrá un significado único.
Poner nombre al sufrimiento ayuda a definir el problema que es la causa de nuestro tormento y así poder cambiarlo o integrarlo.
Una vez nombrado, ese sufrimiento adquirirá un nuevo significado. Pasará de ser un ente, un sentimiento, a ser algo más claro. Algo que ha adquirido forma y así puede ser explicado y comprendido tanto por el psicólogo como por el paciente. Por tanto, es algo que ya puede ser cambiado o integrado.
Integrar la experiencia en un nuevo yo
Cuando la causa del sufrimiento es algo que ha ocurrido en el pasado y no puede ser cambiado, la mejor manera de superarlo es integrarlo en tu historia de vida. Esto no es algo sencillo, pero tampoco es algo imposible.
Para integrarlo hay que aceptarlo. Hay que aceptar que pasase lo que pasase sentirse culpable ahora no sirve de nada. Tampoco sirve echar las culpas a otros porque el pasado es el pasado y ya no puede cambiarse. El trabajo que exige esta integración, esta aceptación del sufrimiento, es muy grande. Pero hay que dejar fluir lo malo y aceptarlo con naturalidad para construir un nuevo yo.
Construirte de nuevo es un gran paso, pero un paso que conduce a la aceptación de ese lado oscuro que emerge de tu interior. Ya no sentirás un vacío lleno de dolor o lucharás contra tu demonio interior. Te habrás construido y habrás aprendido que lo que ocurrió te ha hecho quien eres ahora.