De Todo Un Poco

viernes, 27 de diciembre de 2019

5 rasgos de las personas emocionalmente inmaduras


Las cuestiones de madurez e inmadurez tienen mucho de mito. Las personas no admiten que se les instale en una sola casilla, ni que se les adjudiquen una única etiqueta. Cada uno de nosotros es un crisol en el que se entremezclan distintas formas de conciencia. Somos ignorantes y sabios, niños y ancianos, infantiles y concienzudos. Todo al mismo tiempo, aunque dependiendo del momento alguna característica destaque más que el resto.

La inmadurez emocional podría definirse como una condición en la que las personas no han renunciado a los deseos o fantasías de la infancia. Deseos y fantasías que tienen que ver con que el mundo gire en torno a sí, o que la realidad se doblegue en función de lo que quieren. Así mismo, la madurez emocional podría definirse como un estado de fortaleza y templanza que conduce a actuaciones realistas y equilibradas.

“Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos”


Más que por una definición en abstracto, la madurez o inmadurez se muestra a través de rasgos de comportamiento. Enseguida te hacemos una lista de cinco características que son propias de las personas emocionalmente inmaduras.

1. Las personas que son egocéntricas


Buena parte del proceso de maduración en las personas consiste en entender que el mundo no gira alrededor de ellas. El bebé no lo sabe. Por eso, pide comida a las 2 de la mañana y le tiene sin cuidado si esto afecta el sueño de sus padres. A medida que crece, aprende a reconocer que no siempre se obtiene todo lo que se desea, y que otras personas y sus necesidades también habitan el universo.
Madurar implica salir de la cárcel del yo. Significa perder esa ilusión que rodea la vida del bebé: basta con pedir para que una necesidad o un deseo sea satisfecho. Cuando poco a poco vamos renunciando a esa fantasía, también nos vamos haciendo conscientes de una hermosa posibilidad: la aventura de explorar el universo de los demás. Si todo sale bien, aprendemos a preservar el yo y a alcanzar el tú.

2. Dificultad para asumir compromisos

Una señal inequívoca de inmadurez en las personas es la dificultad para asumir compromisos. Al niño le cuesta renunciar a lo que quiere en ese momento para conseguir un objetivo mayor a largo plazo. Si le damos una golosina y le prometemos que si no se la come durante un tiempo le daremos otra, el deseo de comerse la que tiene en la mano se impondrá.


Con el proceso de maduración se va comprendiendo que los sacrificios y las restricciones son necesarios para alcanzar logros. Y que comprometerse con un objetivo, o con una persona, no es una limitación de la libertad, sino una condición para proyectarse mejor y a más largo plazo.

3. Tendencia a culpar a los demás

Los niños se asumen a sí mismos como seres dirigidos por otros, que no actúan a voluntad. En gran medida lo son, en tanto están en un proceso de formación y de inserción en la cultura. Mientras son pequeños, creen que el error debe llevar a la culpa. No les importa tanto el daño que hicieron, sino el castigo o la sanción que puedan imponerles.
Crecer es salir de ese estado de dulce irresponsabilidad. Madurar es ir entendiendo que somos los únicos responsables de lo que hacemos o dejamos de hacer. Aprender a reconocer los errores y sacar de ellos nuevos aprendizajes. Saber reparar los daños. Saber pedir perdón.

4. Establecer lazos de dependencia


Para las personas inmaduras, los demás son un medio y no un fin en sí mismos. Así, como medios que son, en su óptica, los necesitan. No necesitan a los demás porque los quieren, sino que los quieren porque los necesitan. De ahí que suelan construir lazos en los que hay fuertes dependencias.
Para poder establecer vínculos basados en la libertad, se requiere que haya autonomía. Sin embargo, las personas inmaduras no tienen claro el concepto de autonomía. A veces piensan que hacer su voluntad es un comportamiento autónomo. Pero a la hora de asumir las consecuencias de los actos, necesitan de los demás para que amortigüen, oculten o aligeren la responsabilidad.

5. Irresponsabilidad en el manejo del dinero

La impulsividad es uno de los rasgos más salientes de las personas inmaduras. Una impulsividad que se expresa muchas veces en la forma que tienen de administrar sus recursos, como el dinero. Así, con el fin de satisfacer sus deseos, y satisfacerlos ya, no tienen problema en comprar lo que no necesitan con el dinero que no tienen.
A veces se embarcan en aventuras financieras descabelladas. No evalúan con objetividad las inversiones y les cuesta proyectarse a medio y largo plazo. Por eso es frecuente que vivan endeudados, todo por satisfacer caprichos.

Todos estos rasgos de inmadurez no surgen o se mantienen por decisión consciente de las personas. Casi siempre obedecen a vacíos o grietas durante la crianza. También pueden ser una consecuencia de experiencias desafortunadas que les han impedido evolucionar. Si eres así, o conoces a alguien así, no se trata de que le señales. En realidad lo importante es tomar conciencia de que impulsar tu propio crecimiento puede conducirte a una vida mejor.

El sufrimiento me ha enseñado quién soy

El sufrimiento me ha enseñado quién soy. Me ha dado a conocer partes de mí que antes no había visto o no había querido asumir. Siempre había pensado que ojalá en mi vida no hubiese ocurrido nada malo, pero me doy cuenta de que desear eso es querer algo imposible.
Todos hemos sufrido en mayor medida. Hemos pasado por diversas circunstancias que nos han marcado. Circunstancias que nos gustaría no haber vivido, pero hay que ser consciente de que eso es imposible. La vida no es de color de rosa para nadie, aunque para algunos, dentro de las mismas circunstancias, resulta más agradable que para otros. Esa es la clave.
En vez de centrarnos en tratar de vivir la vida sin sufrir, deberíamos aprender a vivir el sufrimiento de manera distinta. Aprender a utilizarlo para crecer y construirnos de nuevo y para ello, muchas veces, es necesario desarrollar diferentes habilidades en el espacio seguro de la terapia.
No se trata de evitar el sufrimiento sino de aprender a integrarlo en tu historia de vida como un capítulo más que te ha llevado exactamente a donde estás.
La terapia como espacio seguro

La terapia psicológica debe entenderse como un espacio seguro para todo aquel que acuda a ella. En terapia no se juzga, no hay verdades absolutas y todo lo que se dice permanece bajo secreto profesional. Este secreto solo puede romperse si el paciente va a hacerse daño a sí mismo, a otros o mediante orden judicial.
Además, la terapia es un lugar donde establecer una base segura que te de estabilidad, aunque tu vida haya sido difícil. Para ello, los psicólogos -junto al paciente/cliente- tratamos de construir una alianza terapéutica como un vínculo seguro en el que asentar la terapia.
Este vínculo único, si se establece bien, permite que se consolide un clima de confianza. Este clima facilita que todos los miedos y el sufrimiento que se esconde en ellos pueda ser tratado. Porque, antes de adquirir las habilidades de afrontamiento que permitan que demos el paso para tratar lo que provoca el sufrimiento, hay que tener la confianza suficiente para poder hablar de ello sin miedo.
Muchas veces no se trata de exponerse a los miedos, se trata de tener una base firme para poder caminar con ellos.

Poniendo nombre al sufrimiento

Poner nombre al sufrimiento no consiste en utilizar etiquetas diagnósticas. Muchas veces ni siquiera puede utilizarse una de estas etiquetas porque no hay correspondencia. A veces la causa de nuestro sufrimiento es tan única o tan mundana que no tiene un nombre y tenemos que ponérselo.
Ese nombre puede que solo tenga significado para aquel que se lo ponga y con eso basta. Puede ser mi lado oscuro, pueden ser nervios, puede ser la sombra o puede ser lo que quieras que sea. Es un nombre que va a ser utilizado en el espacio terapéutico para definir algo propio, y, por tanto, algo tan individual que, aunque tenga un nombre común tendrá un significado único.
Poner nombre al sufrimiento ayuda a definir el problema que es la causa de nuestro tormento y así poder cambiarlo o integrarlo.
Una vez nombrado, ese sufrimiento adquirirá un nuevo significado. Pasará de ser un ente, un sentimiento, a ser algo más claro. Algo que ha adquirido forma y así puede ser explicado y comprendido tanto por el psicólogo como por el paciente. Por tanto, es algo que ya puede ser cambiado o integrado.
Integrar la experiencia en un nuevo yo
Cuando la causa del sufrimiento es algo que ha ocurrido en el pasado y no puede ser cambiado, la mejor manera de superarlo es integrarlo en tu historia de vida. Esto no es algo sencillo, pero tampoco es algo imposible.
Para integrarlo hay que aceptarlo. Hay que aceptar que pasase lo que pasase sentirse culpable ahora no sirve de nada. Tampoco sirve echar las culpas a otros porque el pasado es el pasado y ya no puede cambiarse. El trabajo que exige esta integración, esta aceptación del sufrimiento, es muy grande. Pero hay que dejar fluir lo malo y aceptarlo con naturalidad para construir un nuevo yo.
Construirte de nuevo es un gran paso, pero un paso que conduce a la aceptación de ese lado oscuro que emerge de tu interior. Ya no sentirás un vacío lleno de dolor o lucharás contra tu demonio interior. Te habrás construido y habrás aprendido que lo que ocurrió te ha hecho quien eres ahora.