De Todo Un Poco

sábado, 16 de noviembre de 2019

Sally Horner, la triste historia de la auténtica Lolita de Nabokov



Sally Horner tenía 12 años cuando fue secuestrada por Frank LaSalle, un conocido pederasta que acababa de salir de prisión. La mantuvo cautiva durante 21 meses hasta que logró huir y llamar a su familia. Esta historia, oscura y con tintes aún más trágicos, fue la que inspiró tiempo después a Vladimir Nabokov a escribir una de las obras más conocidas de la literatura: Lolita (1955).
A menudo suele decirse que pocos libros plantean tantas contradicciones. La calidad literaria es innegable, al igual que esa atmósfera enmarcada en un viaje imposible entre un hombre de mediana edad y una niña, ahí donde somos testigos de la sociedad americana más decadente, más frívola, más turbia y vacía de valores.
Su protagonista, Humbert Humbert (palabra que juega con el término «ombre» en francés, y que significa sombra), se nos presenta también como un personaje con el que es difícil identificarse, hablamos de alguien que ya escapó de Europa por abusar de una niña y que conducirá a Lolita a ese mismo universo de sombras donde satisfacer su fascinación por lo que él define como «nínfulas», jóvenes adolescentes.
El libro de Nabokov no se esconde, no camufla engaños. De hecho, el propio autor tampoco lo quiso así, con Humbert buscó mostrar al mundo el perfil del pervertido más clásico, alguien que en un momento dado tampoco duda en matar. La crudeza de la historia es innegable e incómoda. La controversia empapa cada detalle y cada página. Y aun así es fácil rendirse a esa prosa, a esa atmósfera y a esa historia donde lo que nos muestra no es otra cosa que a un pederasta secuestrando a una niña de 12 años.
Un hecho que lamentablemente, se inspiró en unos personajes muy concretos.
«Un sentimental puede ser una perfecta bestia en sus ratos libres. Una persona sensible no será nunca cruel».


La historia de la auténtica Lolita, Sally Horner

Frank LaSalle era un mecánico de 52 años conocido por la policía por abusar de niñas de entre 12 y 14 años. Acababa de salir de la cárcel cuando decidió instalarse en New Jersey y rehacer su vida. Sin embargo, no es fácil para este tipo de perfiles mantener bajo llave al cazador que solo hace caso a sus instintos. Así, a principios de marzo de 1948, LaSalle volvió a su territorio de caza tras obsesionarse con una niña, con Sally Horner.
Hija de una madre viuda, era común verla salir del colegio junto a sus amigas. Como toda preadolescente que nada teme del mundo, que confía y está despertando aún a la vida. Sin embargo, no percibió en ningún momento que alguien la acechaba a diario. LaSalle la siguió hasta que encontró la oportunidad de satisfacer sus deseos y caer una vez más en el delito. Sally acababa de robar un cuaderno de 5 céntimos de una tienda. Era parte de una prueba que le habían impuesto sus amigas del colegio para que pudiera unirse a su grupo. Una travesura infantil que no olvidaría nunca.
Frank LaSalle la alcanzó nada más salir del comercio indicándole que era del FBI. Si deseaba que su madre no se enterara de lo que acababa de hacer, debía acompañarlo. Sally, asustada y arrepentida accedió. Ambos subieron a un autobús y allí empezó todo. Pasaron cerca de dos años viajando por el país: Atlantic City, Baltimore, Dallas, California… Un periplo que les llevó de hotel a hotel, de motel de carretera hasta campings, haciéndose pasar siempre por padre e hija.

Rescate y tragedia posterior

Nadie sospechó nada. Nadie se fijó en ese padre obsesivo que no dejaba nunca sola a su hija. Nadie, hasta que el huésped de un hotel, intrigado por la actitud asustada y triste de la niña logró separarla un instante de LaSalle para preguntarle si se encontraba bien. Sally se derrumbó y le pidió ayuda: solo quería llamar a su casa.
La policía no tardó en llegar y en devolver a la pequeña a su hogar junto a su madre, momento en que la niña pudo relatar todo el drama vivido, los abusos sexuales, la vejación, el miedo Mientras Frank LaSalle fue condenado a 35 años de prisión por un juez que lo definió como «leproso inmoral».
No obstante, lo más triste aconteció dos años después. Sally Horner falleció en un accidente de coche al chocar con un vehículo agrícola. Frank LaSalle tardaría 16 años en fallecer, lo haría en la cárcel, ese lugar desde el que según dicen enviaba cada semana un ramo de flores a la tumba de la niña.

Nabokov y el viaje de un pederasta

Todos estos datos y estos detalles están recogidos en el libro The Real Lolita: the kidnapping of Sally Horner de la periodista Sarah Weinman. Se trata de una detallada y larga investigación donde se encuentran sin duda notables paralelismos entre Sally y la Lolita de Vladimir Nabokov. Lo más llamativo, el periplo de ese viaje entre un pederasta y una niña, una adolescente hija de una viuda.
El libro se publica con un fin claro: contribuir a hacer justicia. Justicia a la propia Sally Horner y a todos esos niños y niñas que secuestrados por pederastas. Historias desgarradoras que ocupan las noticias de nuestros medios durante un breve periodo de tiempo. Asimismo, la autora también habla de la obra nabokoviana, ahí donde son recurrentes los personajes de adultos interesados en niñas (Un cuento de hadas, Risa en la oscuridad…).
Asimismo, también debemos recordar que cuando Nabokov terminó Lolita no encontró editor en Estados Unidos. Era un libro incómodo, nada correcto. Fue una editorial francesa especializada en contenido pornográfico quien le dio salida. También surgieron problemas en el rodaje de la película de Stanley Kubrik. Gary Grant, por ejemplo, se negó a formar parte de un proyecto semejante cuando le propusieron encarnar a Humbert Humbert. E incluso el propio James Mason se arrepintió tiempo después de haberlo hecho.

En la actualidad, incluso las nuevas ediciones de Lolita evitan mostrar a esa adolescente descarada que, de algún modo, parece ser culpable de su propio destino. Ahora encontramos portadas donde ya no aparece esa femme fatale, esa joven provocativa con gafas de sol en forma de corazón. Ahora vemos ya una joven manipulada, una niña presa de una sombra, víctima de un pederasta como lo fue la pequeña Sally Horner. Lolita




Nadie pierde por dar amor, pierde quien no sabe recibirlo


Nadie pierde por dar amor, porque ofrecerlo con sinceridad, con pasión y delicado afecto nos dignifica como personas. En cambio, quien no sabe recibirlo ni cuidar ese inmenso regalo es quien pierde de verdad. Por ello recuerda, nunca te arrepientas de haber amado y haber perdido, porque lo peor es no saber amar.
Afortunadamente la neurociencia va ofreciéndonos día tras día reveladoras informaciones que nos explican por qué actuamos como actuamos en esto del amor. Lo primero que conviene recordar es que el cerebro humano no está preparado para la pérdida, nos supera, nos inmoviliza y nos enclaustra durante un tiempo en el palacio del sufrimiento.
«El amor no tiene cura, pero es la cura de todos los males»


Estamos programados genéticamente para conectar entre nosotros y para construir lazos emocionales con los que sentirnos seguros, con los que edificar un proyecto. Es así como hemos sobrevivido como especie, «conectando», de ahí que una pérdida, una separación e incluso un simple malentendido haga que salte al instante la señal de alarma en nuestro cerebro.
Ahora bien, otro aspecto complejo sobre el tema de las relaciones afectivas es el modo en el que afrontamos dicha separación, dicha ruptura. Desde un punto neurológico cabe decir que empiezan a liberarse al instante las hormonas del estrés, conformando en muchos casos lo que se conoce como «el corazón roto«. Sin embargo, desde un punto emocional y psicológico, lo que sienten muchas personas es otro tipo de realidad.
No solo experimentan el dolor por la falta del ser amado. Sienten una pérdida de energía, de aliento vital. Es como si todo el amor dado, todas las esperanzas y afectos dedicados a esa persona se hubieran ido también, dejándolos vacíos, yermos, marchitos…
Entonces… ¿cómo volver a amar de nuevo si lo único que habita en nuestro interior es el polvo de un mal recuerdo? Es necesario que afrontemos estos momentos de otro modo. Te hablamos de ello a continuación.

Dar amor o evitar amar de nuevo

Todos nosotros somos un delicado y caótico compendio de historias pasadas, de emociones vividas, de amarguras soterradas y miedos camuflados. Cuando se inicia una nueva relación nadie lo hace enviando previamente todas sus experiencias pasadas a la papelera de reciclaje. Nadie empieza de «0». Todo está ahí, y el modo en que hayamos gestionado nuestro pasado hará que vivamos un presente afectivo y emocional con mayor madurez, con mayor plenitud.
«Es mejor haber amado y perdido
que nunca haber amado en absoluto»
Ahora bien, el hecho de haber vivido en piel propia una amarga traición o, sencillamente, percibir que el amor se ha apagado en el corazón de nuestra pareja cambia mucho el modo en que vemos las cosas. Dar amor con intensidad durante una época determinada, para después quedarnos vacíos y enclaustrados en la habitación de los recuerdos y las ilusiones perdidas, cambia muchas veces la arquitectura de nuestra personalidad.
No falta quien se vuelve desconfiado, e incluso quien desarrolla poco a poco la gélida y férrea coraza del aislamiento donde interiorizar el clásico mantra de «mejor no amar para no sufrir«. Sin embargo, es necesario derribar una idea básica en estos procesos de lenta «autodestrucción».
Nunca debemos arrepentirnos de haber amado, de habernos arriesgado a un todo o nada por esa persona. Son esos actos los que nos dignifican, los que nos hacen ser humanos y maravillosos a la vez. Vivir es amar y amar es dar sentido a nuestras vidas a través de todas las cosas que hacemos: nuestro trabajo, nuestras aficiones, nuestras relaciones personales y afectivas…
Si renunciamos a amar o nos arrepentimos por haberlo ofrecido, renunciamos también a la parte más hermosa de nosotros mismos.

 Sanar el amor perdido

Según un estudio llevado a cabo en la University College London, existen ciertas diferencias entre hombres y mujeres a la hora de afrontar una ruptura afectiva. La respuesta emocional parece ser muy distinta. Las mujeres sienten mucho más el impacto de la separación, sin embargo es común que se repongan antes que los hombres.
Ellos, por su parte, suelen aparentar estar bien, se visten con la máscara de la fortaleza refugiándose en sus ocupaciones y responsabilidades. Sin embargo, no siempre logran superar esa ruptura o tardan años en hacerlo. ¿La razón? El sexo femenino suele disponer de mejores habilidades para gestionar su mundo emocional. Facilitar el desahogo, buscar apoyo y afrontar lo ocurrido desde una perspectiva donde se halla el perdón y la actitud de pasar página suele hacer las cosas más fáciles.
Sea como sea, y más allá de los géneros o del motivo que haya originado esa ruptura, quedan claras algunas cosas que es necesario inocular en nuestro corazón a modo de vacuna. Ningún fracaso emocional debe vetarnos nuestra oportunidad de ser felices de nuevo. Digamos «no» a ser esclavos del pasado y eternos cautivos del sufrimiento.
Otro aspecto que es bueno recordar es que amar no es sinónimo de sufrir. No alimentemos esperanzas o alarguemos el «chicle» de una relación que de antemano tiene fecha de caducidad. Una retirada a tiempo salva corazones y un adiós valiente cierra una puerta para abrir otra, esa donde el amor se conjuga siempre con la palabra FELICIDAD.